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James Tobin: el tributo de la justicia Entrevista realizada por John Kohut, |
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![]() En Tailandia las camisetas con la leyenda “antiguos ricos” tienen un gran éxito.
“Con la liberalización total y prematura de los mercados financieros, el Estado se ve, a mi juicio, privado de los controles y las restricciones que necesita para limitar la velocidad o el volumen de los movimientos de capitales en su moneda.” ![]() Una tailandesa vende sus joyas para obtener dinero en efectivo. |
A la hora de la mundialización
y la desregulación, este premio Nobel de economía sigue defendiendo
“su” impuesto sobre las transacciones financieras para prevenir las crisis internacionales
y para prestar ayuda a los países del Sur en situación difícil. Usted dijo en una oportunidad que el estudio de la economía daba esperanzas y que una comprensión más acabada de sus mecanismos podía mejorar el destino de la humanidad. A su juicio, ¿los economistas han logrado servir a toda la humanidad, o han ayudado a unos más que a otros? Es evidente que algunos economistas han ayudado a unas personas más que a otras. Pero creo que, globalmente, los economistas han mejorado el destino de la humanidad, aunque no lo hayan hecho a la escala que era de esperar. Comencé a estudiar economía durante la gran crisis de los años treinta. El mundo se encontraba en una situación muy crítica: 25% de desocupados en Estados Unidos, 15% a 20% en Francia —un caos total. El derrumbe de la economía mundial tuvo efectos palpables en la política internacional: el ascenso de Hitler estuvo estrechamente ligado a la depresión económica alemana. Todo estudiante que leía los periódicos no podía dejar de preocuparse por la economía. Podía establecer una relación entre el colapso económico mundial y las amenazas que se cernían en todas partes sobre la paz, a través del fascismo, el nazismo, etc. Puesto que en los años treinta enfrentamos grandes crisis, quizás hemos aprendido a reducir los riesgos de que se reproduzcan horrores semejantes. Entendimos por qué se había producido una gran depresión, y qué políticas monetarias y fiscales era preciso aplicar para evitarla. Según organizaciones internacionales como el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), las desigualdades se acentúan, tanto dentro de los países como entre unos y otros. ¿Se debe ello a que los economistas se han interesado sobre todo por la producción de riquezas y mucho menos por su repartición? Esa acusación me parece injusta. Tomemos el ejemplo del dispositivo de protección social de Francia e incluso de toda Europa: los economistas contribuyeron en gran medida a instalarlo, a organizarlo. No disponíamos de esos beneficios cuando yo era joven. En Estados Unidos el sistema de seguro social se creó recién en 1936, durante la gran crisis, y el Estado empezó a hacerse cargo de algunos gastos de atención médica sólo después de la Segunda Guerra Mundial. Muchas de esas novedades fueron impulsadas y aplicadas por economistas. ¿Por qué siguen aumentando las desigualdades en el plano nacional e internacional? Es una pregunta sumamente compleja. No tengo una respuesta global. Deberíamos dedicar buena parte de nuestras energías, de nuestras pasiones, de nuestra inteligencia, a encontrar los medios de reducir las desigualdades, tanto en cada país como entre los países. Los economistas no se han desentendido del problema. El Banco Mundial, por ejemplo, fue fundado en 1945 para avanzar en ese sentido. Para reducir las desigualdades hay que aplicar impuestos a las personas que han obtenido altos ingresos en los mercados, a fin de mejorar el nivel de vida de aquéllos que han ganado menos. Esos son los grandes desafíos de la política económica, de la política social y de la política a secas. ¿Qué nivel de tributación? ¿Qué proporción de traspaso de ingresos a los más desfavorecidos? La tributación y los traspasos constituyen un serio problema político. En mayor escala, los mismos interrogantes se plantean dentro de las naciones, y también entre las poblaciones de ciertas partes del mundo y las demás. Si se quiere reducir efectivamente las desigualdades a nivel planetario, habría que derribar todas las barreras a la inmigración, para que cada cual pueda ir a buscar un empleo mejor remunerado donde le parezca. Pero poner en práctica esta idea plantea sin lugar a dudas otro problema político muy serio. Usted repite desde 1971 que es preciso que los Estados ejerzan un mínimo de control sobre su política monetaria. ¿Lo han perdido totalmente con la mundialización? La mundialización de los mercados financieros ha reducido los medios de que disponen los Estados para aplicar su propia política monetaria. Desde que se empezó a liberalizar el sistema de Bretton Woods establecido en 1945, siempre se han visto coartados en ese aspecto. Pero esa tendencia se ha acentuado considerablemente en los últimos años y, en particular tratándose de países pequeños como los de Asia Oriental, limita realmente la posibilidad de fijar una política monetaria nacional. Con los mercados financieros mundializados, ¿cómo puede un Estado preservar su autonomía monetaria? Debe tener los medios necesarios para regular la entrada y la salida de divisas, y limitar los estragos que puede causar a su economía la convertibilidad de su moneda. ¿Qué pasó en los países de Asia Oriental? Algunos de sus bancos, como los de Corea del Sur, pedían préstamos a los bancos de Nueva York, Tokio y Londres. Lo hacían a muy corto plazo: una o dos semanas. Los acreedores, es decir los grandes establecimientos de Nueva York o de Tokio, podían por lo tanto decidir semanalmente o cada quince días si renovaban o no el préstamo. Entonces un buen día el banco de Corea se veía obligado a reembolsar su deuda al banco neoyorquino, y ello en dólares. ¿Cómo conseguirlos? Llevando una cierta cantidad de wons, la moneda coreana, al Banco Central de Corea y diciéndole: “Usted se comprometió a darnos tantos dólares por won. Aquí los tiene y quiero lo que me prometió a cambio de ellos.” Entonces las reservas monetarias del país, en poder del Banco Central, se evaporaban a medida que los bancos pagaban sus préstamos. De ese modo las reservas se agotaban poco a poco, y cuando disminuían a ese ritmo había que devaluar la moneda. Eso fue lo que ocurrió. Si Corea del Sur hubiera dispuesto de una ley que prohibiera a sus bancos contraer préstamos a corto plazo en divisas fuertes —salvo que su deuda estuviese respaldada por los activos a corto plazo correspondientes— habría estado protegida. Tendría que haber tomado esa precaución al abrir su sistema bancario y su mercado monetario a la mundialización. Existen ciertos medios que permiten a los países protegerse. Uno de ellos es un impuesto sobre las transacciones. Ello nos lleva al llamado “impuesto Tobin”. ¿Puede explicarnos en qué consiste y cómo funcionaría? Las transacciones en los mercados de divisas representan 1,3 billones de dólares diarios. Se les impondría un impuesto muy bajo, digamos 0,1% por dólar por cada transacción. Cada país aplicaría el impuesto sobre las dos transacciones efectuadas en su territorio (de ida en una divisa y de vuelta en la moneda inicial), que sería percibido por sus autoridades tributarias. Quienes deseen efectuar un número apreciable de operaciones de cambio todos los días, o todas las semanas, deberán abonar el impuesto muchas veces. Por consiguiente, la mera existencia de ese impuesto los disuadirá. ¿Hoy día el mundo sería diferente si se hubiera aplicado su impuesto desde los años setenta? ¿Asia habría conocido ese extraordinario crecimiento, alimentado en parte por las inversiones y el ingreso de capitales en esos países? ¿Se habría producido, con su impuesto, una crisis financiera asiática? De los 1,3 billones de dólares cambiados cada día, muy pocos tienen que ver con capitales productivos, que pasan del ahorro de un país a la inversión de otro. Actualmente el mundo desarrollado transfiere a los países en desarrollo unos 200 mil millones de dólares anuales. La mayor parte de las transacciones de esos mercados monetarios no tienen ningún vínculo directo con las corrientes de inversión deseables, es decir el capital productivo que va de los países desarrollados a los países en desarrollo. En China no existe la convertibilidad, salvo para las exportaciones. No es posible cambiar la moneda china por dólares, por francos, por yenes, sólo para realizar movimientos financieros de fondos. Se aplica un estricto control de cambios, muy semejante al que existía en Francia en la inmediata postguerra, en 1945-1946. Francia, por lo demás, mantuvo el control de cambios, de uno u otro modo, hasta mediados de los años ochenta. Por consiguiente, China recibe gran cantidad de inversiones directas extranjeras sin convertibilidad de los capitales de una moneda a otra. La convertibilidad de una moneda no es algo esencial. El grueso de las inversiones de los países desarrollados hacia los países en desarrollo no debería verse afectado de manera significativa por el impuesto Tobin. La ventaja de este dispositivo es que resulta indoloro para las inversiones a largo plazo. Si, en el marco de un “ida y vuelta” de veinte años, usted envía capital en acciones a un país en desarrollo, de Francia a Viet Nam por ejemplo, y sólo recupera el dinero veinte años más tarde, paga 0,1% a la ida y 0,1% a la vuelta. Cuando usted tenga que decidir si se lanza o no en esa inversión, dicho impuesto no tendrá ninguna influencia en sus cálculos. Sólo se desanimará a quienes realicen operaciones a muy corto plazo. ¿Entonces el impuesto Tobin habría impedido realmente una crisis asiática? Es cierto que es necesaria una reforma del sistema bancario y del mercado bursátil de esos países. Otro error importante, más grave quizás que los ya señalados, es la aplicación de un tipo de cambio fijo. Sin él, no habría crisis monetaria porque el tipo de cambio fijo supone que el Banco Central del país se compromete a pagar una cantidad determinada de dólares, de yenes, de euros, o de una cesta de monedas. Si todos los depositantes vienen a pedir dinero efectivo y éste se agota, el banco tiene que cerrar y se produce la crisis. A raíz de la crisis reciente, muchos países de Asia estiman que han perdido su poder, y que se ha invertido la correlación de fuerzas entre el Estado y el mercado. ¿Hay algo de cierto en este punto de vista? Pienso, en buena medida, que sí. Con la liberalización total y prematura de los mercados financieros, el Estado se ve, a mi juicio, privado de los controles y las restricciones que necesita para limitar la velocidad o el volumen de los movimientos de capitales en su moneda. ¿Vamos a seguir sufriendo graves crisis financieras? ¿Aprendemos algo de nuestros errores? Las crisis financieras no son inevitables. Es probable que aprovechemos las lecciones de nuestros errores. Por lo menos los países asiáticos ya no tratarán de defender un tipo de cambio fijo frente al dólar y el yen. Y seguramente disminuirá la frecuencia de las crisis asiáticas. En nuestra historia abundan las crisis financieras internacionales. No estoy seguro de que se pueda sostener que hoy día son más frecuentes. Muchos inversores de países desarrollados han invertido dinero en los países en los que se han producido crisis. En los de Asia Oriental, en particular, se registró un crecimiento acelerado, casi milagroso, durante dos o tres decenios, y esos países escalaron posiciones en la jerarquía de los Estados y de las economías. Disponen ahora, como los norteamericanos y los europeos, de bolsa de valores, mercado de obligaciones, etc. Sus niveles de riqueza y de ingresos aumentaron considerablemente, y establecieron vínculos mucho más estrechos con las instituciones financieras de los grandes países. La conmoción fue entonces más fuerte cuando no pudieron reembolsar a los bancos estadounidenses y japoneses en dólares. ¿Piensa usted que existe la posibilidad de que algún día se aplique el impuesto Tobin? En Francia se ha constituido un movimiento para promoverlo. Los dirigentes políticos apoyan la idea cuando están en la oposición. Una vez que llegan al poder no hablan más del asunto. No soy optimista. No creo que a la comunidad financiera, incluidos los ministerios de finanzas y los bancos centrales de los grandes países, le parezcan interesantes esos textos. Incluso cuando alguna personalidad en el poder se refiere de manera acertada a ese instrumento, como hizo François Mitterrand, la idea no irá más allá del Ministerio de Finanzas. Y ahí no lo apoyarán, y tampoco en el FMI. A la gente no le gusta pagar impuestos. Piensan que se trata de una interferencia en las leyes del mercado. ¿Pero no están cambiando las mentalidades? Un poquito. Hay algunas tomas de conciencia, un cierto reconocimiento del problema en las últimas asambleas generales del FMI y del Banco Mundial. Se ha admitido en ellas que la mundialización y la liberalización han ido tal vez demasiado rápido y demasiado lejos. Pero no hay ninguna propuesta concreta para enmendar rumbos. Digamos que los responsables se mostraron algo más abiertos a una reflexión sobre los medios de moderar los flujos financieros actuales entre las divisas. Nunca los he oído referirse al impuesto. Sí, una sola vez: el Director del FMI, Michel Camdessus, dijo que no veía ningún movimiento de apoyo en favor de un impuesto internacional. ¿Se va a intentar regular los flujos de capitales, para ayudar a prevenir el tipo de crisis al que acabamos de asistir en Asia? No creo que vaya a aplicarse una política coordinada a nivel internacional. Pienso sin embargo que el FMI y los gobiernos de Estados Unidos y de Europa van a mostrarse más tolerantes hacia los países en desarrollo. En ciertos casos, es probable que el desacuerdo no sea muy serio. Los sistemas bancarios de esos países, por ejemplo, no estaban listos para participar en los mercados financieros internacionales. No estaban preparados porque no disponían de los marcos institucionales y jurídicos de los cuales, a nuestro juicio, depende la existencia misma de un sistema bancario. Veamos el mercado de valores. En Estados Unidos tenemos desde los años treinta la Securities Exchange Commission (SEC), la comisión de operaciones bursátiles. No es posible vender en la Bolsa ni acciones ni obligaciones sin entregar una información completa a la SEC sobre tales transacciones. Sin embargo, muchas de nuestras firmas financieras privadas ayudaron a crear en los países en desarrollo Bolsas que no tienen esos controles. Se trata de dispositivos totalmente esenciales y carecen de ellos. Sería sumamente razonable, en países como Tailandia y Corea del Sur, reglamentar el volumen de deudas en moneda extranjera de que son titulares no sólo sus bancos, sino también sus empresas. El verdadero objetivo debería ser estimular a éstas a atraer inversiones: esos capitales no provocarán una crisis monetaria. En las crisis financieras, ¿cuál es el papel de organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial? ¿Están en condiciones, por sí solos, de resolver globalmente problemas como el saneamiento posterior a una crisis o necesitamos otro organismo financiero, por ejemplo un banco central mundial? Estimo que el FMI podría orientarse hacia el papel de banco central mundial. Se acercaría así a su misión inicial. Eso quiere decir que proporcionaría liquideces internacionales a los países en situación difícil sin tratarlos como si hubieran cometido un crimen y debieran ser castigados a cambio la ayuda que reciben. Un Banco Central nacional, que hace las veces de prestamista en última instancia para los bancos de su país, les presta fondos cuando tienen problemas de liquidez, sin considerarlos culpables. Y aspira a ser reembolsado con rapidez. El FMI debería tener la misma actitud. En realidad, ésa era la concepción inicial del FMI. Todos los países tienen en él derechos de giro bastante generosos, que podrían utilizar a discreción. La cuantía total de las cuotas de todos los países reunidos representa unos 150 mil millones de dólares: eso es poca cosa para un organismo mundial encargado de todo lo que se supone ha de hacer el FMI. Tratándose del Banco Mundial, la situación es distinta. Me temo que en los últimos años el FMI haya empezado a asumir funciones que le correspondían al Banco Mundial. Las prescripciones del Banco Mundial a los países de Asia Oriental, en principio para ayudarlos, versaron sobre cambios institucionales fundamentales, con miras a una reforma a largo plazo de la estructura de su economía. El asunto incumbía al Banco Mundial, no al FMI. Los economistas han alcanzado grandes progresos estos últimos años, pero no pudieron prever un acontecimiento tan enorme como la crisis asiática. ¿Por qué, pese a los progresos de la ciencia económica, somos incapaces de prever las crisis de este tipo? No es posible hacer predicciones respecto de los mercados financieros. Si fuera viable, la propia predicción provocaría un conjunto de reacciones para obtener beneficios, que eliminarían toda posibilidad de ganar dinero gracias a ellas. En las Bolsas influyen expectativas y emociones totalmente imprevisibles. ¿Por qué los economistas no pueden prever los acontecimientos? Esa pregunta me parece realmente injusta. Los meteorólogos saben mucho sobre el clima pero sus previsiones no siempre son exactas. Los médicos conocen a fondo las enfermedades pero a menudo se sienten desconcertados e impotentes frente a ellas. No somos los únicos que tenemos deficiencias. ¿Piensa que la educación, la ciencia y la cultura se ven afectadas ahora por los mecanismos del mercado? ¿Hay que felicitarse de ello o no? Es difícil generalizar. Hay efectivamente un movimiento contrario a la intervención del Estado en el mundo entero. Veamos la privatización de empresas públicas, por ejemplo. En bastantes países, muchas de ellas no eran ni necesarias ni especialmente deseables. Por otra parte, en Estados Unidos, una cantidad de gente —y uno de nuestros partidos políticos— son contrarios a la utilización de los recursos del Estado para la cultura, pero quisieran traspasar fondos públicos de la educación pública a la enseñanza privada, dicho de otro modo subvencionar los establecimientos privados. Una gran evolución se ha producido en ese sentido. ¿Le parece positiva? En su espíritu, no. Globalmente, se trata de egoísmo miope. |
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